Sebastián era hombre de refinada cultura, cumplidor de sus deberes, agradable en el trato, puntual como el que más y en el vestir impecable. Trabajaba en la oficina de correos local, desempeñando diversas actividades, pero la que más le apasionaba era la de telegrafista. Para él no se trataba solo de una forma digna de ganarse el pan. Era, al mismo tiempo, una vocación. Sí, semejante a la de quien gusta de viajar y trabaja de conductor o a la de una de esas raras avis que, albergando corazón de artista tienen la fortuna de poder vivir de los cuadros que pintan o de las novelas que escriben. Basta decir que se tomaba tan en serio su desempeño que la aplicaba en todos los ámbitos de su vida. De hecho, era hombre de pocas palabras. “la palabra debe ser justa, mejor escasa que excesiva; el tono al hablar ha de ser educado, sin ser gritón ni grosero; y el mensaje concreto y claro”, —así les reprendía a sus hijos cuando se veía importunado por sus interminables chácharas y discusiones, cuando sentado sobre su sillón junto a la ventana escuchaba operetas en la gramola, con un libro en las manos.

El sueldo que ganaba como telegrafista no era para tirar cohetes, teniendo en cuenta que eran cinco de familia, pero en los gastos su esposa y él sabían ser recatados y, gracias a eso solían acabar en la libreta algunos numerillos negros y sonrientes a fin de mes. A la hora de comer tampoco difería su claro criterio. “A cada plato solo lo suyo, y cuantos menos ingredientes mejor” —solía decir. Con todo no era persona inflexible o rígida en su proceder y, a menudo, hacía la vista gorda ante los errores ajenos. Después de todo él también era muy humano y, cómo todos, proclive a equivocarse alguna vez. En su trabajo atendía a muchas personas, a menudo de edad avanzada, que venían a la oficina para enviar un mensaje larguísimo a algún pariente. Cuando les hacía ver lo costoso de su envío y notaba la confusión en los clientes no dudaba en ayudarlos a contar y recortar y, en más de una ocasión, hasta incluyó de su bolsa alguna que otra palabra. Una tarde, cuando ya estaba a punto de cerrar la puerta llegó un hombre de porte pequeño y rostro oscuro, tostado por el sol, con cinco páginas completas escritas a mano. —Buenas tardes,. Necesito enviar un telegrama urgentemente —Lo siento, pero ya estamos cerrando. Si vuelve mañana estaré encantado en poder servirle. —Le ruego que haga el favor de hacer una excepción. Esto debe llegar lo antes posible a su destinatario. —Quisiera ayudarle pero no depende de mí. De cualquier manera, le advierto que enviar todas esas hojas no es algo como para enviar por medio de telegrama sino por otros medios. »Le propongo que resuma el mensaje y vuelva mañana a primera hora. Veremos que se puede hacer. —Está bien señor, si no queda más remedio volveré mañana a primera hora.

A la mañana siguiente cuando Sebastián llegó a la oficina descubrió e forastero ya estaba esperando junto a la puerta. —Buenos días caballero, ¿sí que ha madrugado usted? —Sí señor, como le dije ayer es un asunto muy urgente. Ambos entraron y Sebastián se puso el uniforme y se colocó al otro lado del mostrador —Acérquese ¿hizo usted el resumen? —sí, aquí está —respondió poniendo tres folios sobre el mostrador. Sebastián al verlo movió la cabeza. —Lo siento. Sigue siendo demasiado largo. Tenga este folio. Intente reducirlo a pocas palabras. Dos horas más tarde Luis volvió con el folio escrito de arriba abajo. —Aún es muy extenso. Si me dice que mensaje quiere comunicarle talvez pueda ayudarle. —Está bien, se lo explicaré. Fernando y yo fuimos inseparables amigos durante largo tiempo. Hasta decidimos estudiar la misma carrera, de derecho. Sin embargo, unos años después nuestros caminos se separaron. Él entró en un importante bufete en que pronto adquirió notable prestigio y mucho dinero, no obstante, para él nunca era suficiente y continuó sin descanso hasta agotar su salud. Yo, por el contrario, después de ejercer durante unos años, comprendí que de nada me servían montones de riqueza ganados al precio de perder la vida. Decidí tomar una senda diferente de la que no me he arrepentido jamás pues, a pesar de ser menos holgada económicamente, es mucho más satisfactoria familiar y humanamente. Mi amigo me criticó duramente esperando disuadirme, pero no lo consiguió. Hoy trabajo en una cooperativa de artesanos y pequeños agricultores de producción natural. Ayer por la mañana recibí un telegrama que decía: Estoy grave. Quedan días o semanas. Tu escogiste bien. Yo equivoqué el camino. Dame algo para comprender. De ahí la urgencia y la dificultad de resumir en pocas palabras lo que me solicita. —Tiene razón. Solo puedo pedirle que haga un último esfuerzo por resumirlo. Luis se marchó y se sentó bajo un árbol del parque esperando que le viniera la idea que buscaba. Desde el lugar donde se encontraba vio a varios niños jugando y peleando. Uno de ellos le decía a otro que había hecho trampas y el otro lo negaba. Poco después en la carretera contigua dos conductores comenzaron a discutir por la preferencia en un cruce. Luis tuvo entonces una idea. Rápidamente lo escribió en un papel y entró en la oficina de telégrafos. —Ya lo tengo. Aquí tiene. Sebastian lo leyó y su rostro reflejó satisfacción. Inmediatamente se dirigió al telégrafo y comenzó a retransmitir el mensaje. El mensaje decía: “Quien vive como si no fuese a morir, muere sin haber aprendido a vivir. Amigo ¡Vive ahora y cada día!”

<h3>”</h3>
</div>