Más Allá del Camino / La Gran Búsqueda

La Compañía

                                                               

El sueño de Don Quijote 

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abiéndose marchado el fiel escudero Sancho en busca de algunas viandas para acallar la boca de sus barrigas, que no cesaban de proferir descontento de manera ruidosa, quedó Don Quijote solo en mitad de un páramo baldío a la espera de su regreso. Entrada ya la noche, y en viendo que Sancho no regresaba, pensó que lo más conveniente en aquel trance era buscar resguardo entre unos peñascos desnudos que allí había y dedicar el tiempo a la oración, velando de rodillas sobre una improvisada alfombra de laurel silvestre, la cual dispuso encima de una  roca plana, delante de la tosca vara que le servía de lanza y de la no menos rústica antigua adarga que le valía de escudo.

Cuanto tiempo, no se sabe, mas no debió ser mucho antes de que su cansado cuerpo, que no su voluntad, cayera rendido sobre la alfombra de laurel, ahora transformada en cama, sumiéndose en profundo sueño. Fue entonces cuanto sucedió la muy extraña historia que ahora os comparto.

No de otra forma que elevado en volandas sobre las alas de Morfeo, fue traído Don Quijote aquella noche al más insólito mundo que los ojos mortales jamás contemplaran, o que libro alguno pudiera haber descrito o glosado siquiera.

“¿Que malévolo conjuro es este que ha conseguido alejarme de mi sagrado deber?” —se preguntó a sí mismo el hidalgo al verse en aquella tierra—. Después, mirando a lo lejos, descubrió lo que en principio juzgó ser abigarradas hordas de hormigas que entraban y salían de gigantescas torres levantadas sobre el suelo, pero que, agudizando la vista, reconoció que en realidad tratábase de multitud de personas que, agolpadas en tropel, pugnaban por adentrarse en aquellas raras construcciones de hierro y cristal. Tan espantado quedó ante lo que contemplaba que comenzó a caminar hacia atrás, más sin poder apartar su mirada de aquello, como hacen los cangrejos cuando quieren alejarse de alguna amenaza. De esa y no de otra forma fue retrocediendo Don Quijote hasta topar su espalda con algo. Diose entonces media vuelta para ver de qué se trataba y, sorprendido, profirió un grito seguido de palabras retadoras: “¡Apartaos de mi lado y huid, si no estáis dispuesto a romper una lanza con aqueste caballero, pues que temor no os tengo y a la lucha contra el mal me debo!” —dijo—, al tiempo que daba un brinco hacia atrás, pues aquel con quien había tropezado presentaba la figura de su fiel escudero Sancho.......

Extracto de: Las nuevas hazañas del caballero Don Quijote

Santiago Erendi

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